Cuando ya me sentía mejor en San Marcos, llegó Eva, la nueva supervisora, la que reemplazaría a Carmen. Eva era una chica de mi edad, con el cabello largo, delgada, vestida con el uniforme del banco a pesar de no tener la obligación de llevarlo puesto. Cuando la conocí no sabía que era la nueva supervisora. Recuerdo que me acerqué, sin presentarme, ella me miró a los ojos y yo sólo le dije hola. Al poco tiempo Eva se convirtió en una amiga, en ese aire nuevo que necesitaba la agencia, Carmen estaba de salida y era ella la nueva responsable de la oficina. Eva era muy inteligente, rápida, sabía su trabajo y tenía un trato especial, sobretodo con los chicos talentosos, adoptándolos como sus hijos, enseñándoles y dándoles algunas responsabilidades extras.
También tuve la suerte de conocer a Jessica, mi madre, una chica que se volvió mi amiga, una líder innata, con un carácter marcado y un talento para enseñar que yo siempre agradecí. Jessica siempre dobleteaba los jueves y los viernes para levantar los niveles de atención en la agencia y para que descansara los sábados. Durante todo ese tiempo me tocó sentarme a su lado y aprender mucho de ella. Era muy divertido jalar a su lado, todos los clientes la conocían y ella se encargaba de presentarme. Era una época de cambios en San Marcos, estaban entrando muchos chicos nuevos, sobretodo en el turno tarde, Jessica nos apoyó mucho en esos tiempos.
Tengo que reconocer que era muy malo en caja. En plaza San Miguel no había aprendido nada, por el poco tiempo que había estado ahí y porque no era una agencia tan exigente a nivel operativo. Chicas como Rosita del Perú, La santa Ludmi y Yuju me apoyaron mucho en esos primeros meses. Pregunta lo que sea muchacho, decía Ludmi, no te olvides de hacer el dedi pag después de un cheq, decía Yuju. Que hubiera sido de mi sin ellas, que cuando no cuadraba buscaban mi diferencia, que cuando algún cliente se me venía encima ellas siempre me defendían, que siempre respondían a mis dudas y siempre cargaban no solo con sus cajas, sino también, conmigo.
Al principio bastante distante, pero no por eso menos cariñoso, mi hermano, mi mentor, mi maestro: Valiente; más conocido en la farándula como José o Pepe, una de las personas que me marcó, no solo como cajero sino como amigo. En un comienzo me trataba con la distancia de un jefe pero sentía que en lo más profundo de su ser me tenía un cierto aprecio. A veces me encerraba en la ante bóveda, sobretodo los días sábados, donde sólo entraban los que más jalaban (por eso yo me quedaba afuera) y me daba la chamba de ordenar todo el archivo de la oficina. Te voy a dar una clase de archivo, con esto tranquilamente puedes ser PP, me decía José. Poco a poco nuestra amistad se fue haciendo más fuerte y se extendió hacia fuera de los temas laborales. Hoy José es casi un funcionario de negocios y toda una promesa en el banco. Admiro de él su liderazgo, su nobleza, su sentido del humor, su talento para los temas laborales, su criterio, su esfuerzo y ganas de aprender. José y Oscar (el hijo de José, aunque este a veces reniegue porque alguna vez Oscar le robó el cambio de turno) fueron una inspiración para mi. Fue algo bueno conocerlos.
Luego de unos meses, sin que Luís y yo cumplamos un año en el banco, y sin haber firmado nuestro segundo contrato, pasamos a ser los más viejos de la agencia. Temas extra laborales y algunos cambios necesarios e innecesarios hicieron que hubiera otro cambio generacional. Un cambio de gerente, Arturo, una nueva supervisora, Paty, la ex pp de la mañana, cajeros nuevos, asesores de ventas nuevos, todo un cambio transformacional, que nos convirtió a Luís y a mi en los más veteranos de la agencia.
Eva depositó más confianza en nosotros, algo que yo siempre agradeceré. Nos dio la tarea de recoger a los chicos nuevos y apoyarlos lo máximo posible. Así fue que conocí a Pelao, el chico fortachón y sensible de la agencia, mi hermano, el hombre que se ganó el cariño de todos a punta de caramelos y lapiceros gigantes. Nos divertía con sus canciones criollas, con su ritmo frenético al momento de bailar, con sus temas interminables sobre coches o cualquier artefacto con cuatro ruedas, con esa bohemia y amor por el vale todo y por los puchos y por Sabina y por la mujer. Junto a José y a Luís, mi gemelo, el chico con quien compartí un aula de capacitación y por el que puse cinco soles para la torta el día de su cumpleaños, sin saber bien su nombre siquiera, el chico que me abrió las puertas de San Marcos cuando no conocía a nadie, nos convertimos en esos amigos inseparables, en esos mosqueteros, en esos caballeros de la mesa redonda, en esos amigos de diversas corrientes, diferentes, pero geniales, dignos de cualquier ¡salud! en cualquier esquina, con cualquier cerveza en la mano.
Pasaron unas semanas y llegaron a la agencia Pecho, Grillo y La flaca, tres chicos geniales, que aportaron un ambiente distinto a la oficina. Pecho llegó con el rotulo de galán de barrio, el chico sexy que paraba con la camisa abierta, mostrando sus dos o tres vellos saltarines, su cadena de fantasía y su reloj timing de utilería. Grillo era el más serio de los tres, al parecer el tenía más frío porque siempre se abotonaba la camisa hasta el cuello, parecía un curita, un hombrecito geniecillo, con aire a Pepe Grillo, ese personaje de fábula que nos distraía de niños. La flaca era la chica linda del grupo, el punto de las bromas por su delgadez, por su silueta cimbreante, espigada, delineada por unas curvas zigzagueantes, por su manerita de caminar y de posar sin lentes ni cámaras. Yo adopté a la flaca. Me divertía sus ocurrencias, sus miedos comprensibles de principiante y admiraba su inteligencia y rapidez por encima de sus otros dos compañeros. Pecho se convirtió en mi amigo, mi confidente, resultó ser un chico noble y sencillo, divertido y galante, atrevido con su avasalladora personalidad y osado para entrar a caja sin saber nada de ella. Grillo era comprometido y empeñoso, inteligente, precavido (por no decir lento), divertido y solidario. Llegué a tener un cariño superlativo por estas tres personas, por estos tres personajes.
Luego llegó la chica que siempre tuvo para mí un NO como respuesta, 18, la chica con el peinado de dibujo animado, de androide en la serie Dragón Ball Z, con esos ojos miel, o claros, no sé, jamás pude verla mucho tiempo a los ojos por miedo a quedar hipnotizado. Me divertía su tono al hablar, su carácter characato, su inteligencia y su manera de vivir, sus experiencias relatadas por ella misma, una mañana que salimos juntos y que conversamos como dos amigos o tal vez como dos conocidos, donde yo hice las veces de entrevistador y ella, a su manera distante y profesional, respondía cada una de mis preguntas con el misterio suficiente para dejarme encantado. Tenía un novio con el que convivía, era muy romántico y a ella le encantaba. Al parecer era muy feliz con él, o al menos, no se sentía sola.
Cada uno de estos chicos (y con el temor de olvidarme de alguno) hicieron de mi estancia en San Marcos la más feliz. San Marcos se convirtió en mi casa gracias a ellos, a la convivencia que llegamos a tener producto del azar y del trabajo. Jamás olvidaré esas chapas, esas bromas a la hora del cuadre, esos saludos a la hora de llegada, esas tomadas de pelo (menos a Pelao por obvias razones) esos rajes que nos permitimos como una manera de rebelarnos contra los jefes y los clientes, esas fotos en los climas laborales, esas sonrisas alcoholizadas en las discos de alguna salida de puros calzoncillos, esos olores que siempre atribuimos a Camote, el chico más pulcro de la oficina, el chico más rápido y hábil de la tarde y con las medias más originales que jamás haya visto. No voy a olvidar a Meli, el pequeño saltamontes, la chica con el ánimo más explosivo y dulce mezclados en un cuerpo delgado y una sonrisa tierna. En fin, no terminaré nunca de agradecer a cada ser humano que tocó mi vida, de una manera tan especial y única, si no, prometiéndoles que siempre los tendré presente en mi mente (y no digo corazón, porque el corazón solo sirve para bombear sangre, no quiero usar ese termino romántico), que siempre guardaré esos momentos felices que viví con ustedes, con ellos, con esas personas que siguen en esa oficina, en esa casa, que ya no es la mía.
Hasta siempre chicos, se les quiere mucho.
martes, 14 de julio de 2009
La U
Anoche me quedé despierto hasta pasada la media noche. Era una noche especial, jugaba la U, mi equipo de toda la vida, desde cuando era niño y me hice hincha motivado por un amiguito que llevaba puestos unos guantes de arquero con el símbolo de la U.
Todos mis cumpleaños eran adornados con alguna camiseta crema regalada por mi papá. Esos días vestía el uniforme completo, a pesar de no jugar pelota, lo llevaba puesto, orgulloso, sintiendo que la crema era parte de mi piel, de mi pasión por el fútbol.
Nunca fui un jugador talentoso, a lo mucho en mis mejores tiempos diría que fui cumplidor. Me identifico con la U por la raza que tiene en el juego, porque son pocos los jugadores habilidosos que vistieron sus colores, pero todos mostraron garra, entrega, pundonor, juego colectivo, personalidad y presencia deportiva. No hay maricones en la U, esa es la conclusión.
Ayer jugamos por la copa libertadores de América, el torneo más importante de esta parte del planeta. Económica y futbolísticamente hablando, la copa libertadores es uno de los torneos más importantes del mundo (aunque cabe mencionar que no hay nada parecido a un mundial y mucho menos a una liga de campeones en Europa) y después de algunos años, la U volvía a pasear su juego por las distintas canchas de América del Sur y México (este último, juega como invitado debido al poder económico que ostenta)
El partido de anoche fue contra el San Luis de Potosí, un equipo mexicano que ocupa el último lugar del grupo 8 (en el que también participan San Lorenzo de Argentina y Libertad de Paraguay). En el partido de ida, la U había empatado a cero goles en el Monumental de Ate, y, era nuestra hora de la revancha, de nuestra venganza por habernos robado dos puntos de local, los mismos que hoy nos darían una posibilidad más concreta de clasificación a la segunda etapa.
La U siempre me hace vivir el fútbol de manera desenfrenada, eufórica, bullera, escandalosa, primitiva, emocionada y siempre acabo con la garganta destrozada. Grito sin parar, le hablo al televisor con la esperanza de que alguno de mis comentarios infundados llegue a oídos de los once jugadores que corren tras el balón. Me desespero cuando el equipo pierde la pelota, cuando regala la mitad de la cancha y se cuelga de los palos. Sufro cuando las defensas no llegan a los cruces o cuando algún delantero yerra una oportunidad inigualable de gol. Celebro y lloro cuando metemos un gol, sobretodo a los cagones de alianza (cagones con cariño, porque ellos nos dicen gallinas). Salto como un orate cuando nos alzamos con el campeonato, cuando agregamos un titulo más a nuestra vitrina llena de trofeos memorables, desde nuestro sub campeonato en la copa libertadores en el ’72, cuando perdimos contra Independiente de Avellaneda, 2-1, y perdimos la opción al titulo (es el más importante galardón de un club peruano, igualado por Cristal en el ’97 y por Cienciano cuando ganó la copa sudamericana en el 2003).
El partido va cero a cero y la U maneja las acciones. La mejor contratación del año, el Ñol Solano, como le dicen los comentaristas argentinos, a los que odio porque en sus corazones albergan la esperanza de que la U pierda ante San Luis porque horas antes San Lorenzo cayó ante el líder Libertad y con ese resultado peligra la clasificación del equipo gaucho (FOX posee por la eternidad los derechos televisivos de la copa y siempre favorecen a sus compatriotas con sus comentarios).
Recuerdo con dolor las veces que de niño veía los clásicos que por alguna extraña razón terminábamos perdiendo. El trágico 6-3 en matute jamás lo olvidaré, fue la primera vez que derramé lágrimas de dolor. Mi madre asustada, cuando el partido iba 6-2 y la U descontó 6-3 me dijo: ‘mira hijo, no llores, la U ya metió un gol…’. Es verdad, aunque no significa nada, que Alianza, nuestro eterno rival, nos lleva varios clásicos encima, pero también es verdad, que la U gana los clásicos más importantes, esos donde el equipo viene mal y necesita un triunfo revitalizador o esos en los que se disputa un titulo o una clasificación a un torneo internacional, ahí, en esos partidos, donde el estadio revienta, donde el aliento de la mitad del Perú más uno termina por intimidar a cualquiera, es cuando la U logra sus más grandes hazañas, sus más impecables resultados.
Gol de San Luis, un ataque aéreo termina por vencer a Raúl Fernández. Falta mucho para el final del primer tiempo, el equipo está jugando bien, aunque no me gusta que Reynoso, el técnico de la U, sólo haya puesto un volante de marca, Torres, y deje jugar a Calheira que no lo viene haciendo bien porque no es necesario jugar con dos delanteros si perdemos tan rápido el balón en la mitad de la cancha.
El tricampeonato de la U fue la época más feliz de mi vida. Eran los años 1998, 1999 y 2000, estaba en el colegio y era un niño que solo esperaba los fines de semana para jugar al fútbol con mi amigos y hablar de los goles que veíamos por la televisión. Era la época de Oswaldo Piaza, un peladito que llegó como técnico de la U y nos sacó campeón promoviendo varios jóvenes de las canteras (polvorita Carrión, el pompo Cordero, Manuel ‘La Muñeca’ Barreto, entre otros). El campeonato del ’98 lo recuerdo con más cariño, porque fue una definición por Play Off con Cristal. Fui al estadio con mi papá, al partido de ida en el estadio nacional de Lima, el coloso estaba lleno, Cristal no tiene una gran hinchada, por eso el recinto era crema. Ese partido la U lo perdió 2-1. En la vuelta ganamos 2-1 y eso forzó los penales, los tiros de doce pasos, donde sólo los hombres se paran frente al balón y definen con la categoría de un crema. Así fue, la U ganó por la tanda de penales, Eduardo Esidio anotó el quinto penal que nos dio el campeonato, todo fue un loquerío, los fotógrafos rodaban en el pavimento, los jugadores se abrazaban y gritaban, se subían a los arcos, los hinchas se bajaron a la cancha, no quedó ningún celeste vivo. Oswaldo Piaza esperó el gol y salió raudo del estadio, eran días de fin de año, la familia lo esperaba en Buenos Aires.
Gol de Alva, 1-1, centro de Ñol, doble cabezazo en el área (según el tomo dos del libro: dos cabezazos en el área siempre es gol). Todo comienza de nuevo.
Otro pasaje importante en la gloriosa vida de la U fue la vuelta de Chemo. El símbolo crema (antes que se fuera al Cristal) regresó al equipo de sus amores después de muchos años de haber jugado en Europa. En el 2002 sacó a la U campeón, junto a Ángel Cappa como DT y Martín Villalonga como centro delantero. Esa final la disputamos contra Alianza en el estadio Monumental de Ate. Ganamos 1-0 con gol de Villalonga. En el partido de vuelta, los aliancistas cambiaron su fortín por problemas extra deportivos y se fueron como locales al interior del país. Fue empate y con el triunfo en casa nos bastó para llevarnos el titulo.
Gol de San Luis, ¡qué agonía! Sólo faltan 15’ para el final del partido. El drama del fútbol peruano: ‘la pelota parada’, dicen algunos, en realidad, el drama del fútbol diría yo, porque nosotros también convertimos de pelota parada y casi todos los goles de la U son por esa vía. Lo real es que estamos abajo en el marcador, no es justo, la U no merece esta derrota humillante fuera de casa.
Yo seria hincha de la U una y mil veces más. Si volviera a nacer, volvería a ser hincha de la U, eso no se negocia, ese sentimiento no se vende ni se cambia. No existe motivo o razón que me haga alejarme del fútbol. Me animo a decir, con cierta precaución, que ni las mujeres son capaces de quitarnos la palabra fútbol de la mente. Este deporte es la más grande creación del hombre.
Minuto 45’ del segundo tiempo, parece todo perdido. Entra Labarthe a la cancha. Piero Alva corre por el sector izquierdo, imparable, con esa decisión y torpeza que lo caracteriza, guiado por su espíritu y por una pizca de razón. Lucha hasta el final, eso nadie se lo quita a Piero, lanza el centro que Calheira no llega a conectar del todo, pero causa la distracción de la defensa mexicana. El chico que acaba de ingresar, Labarthe, se queda con el balón en el sector derecho del área chica, solo, incomodo para lanzar el puntillazo final, los defensas corren desesperados, el arquero vuela tratando de evitar que el delantero peruano defina, el instante se hace eterno en el área mexicana, la mitad más uno del país espera que este guerrero dispare al arco. Así lo hace. Aniquila de un zapatazo a toda la defensa que busca pararlo y los mete con todo y balón al fondo del arco. Es el 2-2. Matamos en el último minuto, nos vengamos de las miles de veces que nos lapidaron así. Hemos empatado en una plaza difícil y estamos a un paso de la clasificación. Gracias a los ingleses que inventaron el fútbol, gracias a la U por existir y porque hoy, como en todos los años de mi vida, soy más crema que nunca. Señores, ‘Fútbol’ se escribe con U, no lo olviden.
Todos mis cumpleaños eran adornados con alguna camiseta crema regalada por mi papá. Esos días vestía el uniforme completo, a pesar de no jugar pelota, lo llevaba puesto, orgulloso, sintiendo que la crema era parte de mi piel, de mi pasión por el fútbol.
Nunca fui un jugador talentoso, a lo mucho en mis mejores tiempos diría que fui cumplidor. Me identifico con la U por la raza que tiene en el juego, porque son pocos los jugadores habilidosos que vistieron sus colores, pero todos mostraron garra, entrega, pundonor, juego colectivo, personalidad y presencia deportiva. No hay maricones en la U, esa es la conclusión.
Ayer jugamos por la copa libertadores de América, el torneo más importante de esta parte del planeta. Económica y futbolísticamente hablando, la copa libertadores es uno de los torneos más importantes del mundo (aunque cabe mencionar que no hay nada parecido a un mundial y mucho menos a una liga de campeones en Europa) y después de algunos años, la U volvía a pasear su juego por las distintas canchas de América del Sur y México (este último, juega como invitado debido al poder económico que ostenta)
El partido de anoche fue contra el San Luis de Potosí, un equipo mexicano que ocupa el último lugar del grupo 8 (en el que también participan San Lorenzo de Argentina y Libertad de Paraguay). En el partido de ida, la U había empatado a cero goles en el Monumental de Ate, y, era nuestra hora de la revancha, de nuestra venganza por habernos robado dos puntos de local, los mismos que hoy nos darían una posibilidad más concreta de clasificación a la segunda etapa.
La U siempre me hace vivir el fútbol de manera desenfrenada, eufórica, bullera, escandalosa, primitiva, emocionada y siempre acabo con la garganta destrozada. Grito sin parar, le hablo al televisor con la esperanza de que alguno de mis comentarios infundados llegue a oídos de los once jugadores que corren tras el balón. Me desespero cuando el equipo pierde la pelota, cuando regala la mitad de la cancha y se cuelga de los palos. Sufro cuando las defensas no llegan a los cruces o cuando algún delantero yerra una oportunidad inigualable de gol. Celebro y lloro cuando metemos un gol, sobretodo a los cagones de alianza (cagones con cariño, porque ellos nos dicen gallinas). Salto como un orate cuando nos alzamos con el campeonato, cuando agregamos un titulo más a nuestra vitrina llena de trofeos memorables, desde nuestro sub campeonato en la copa libertadores en el ’72, cuando perdimos contra Independiente de Avellaneda, 2-1, y perdimos la opción al titulo (es el más importante galardón de un club peruano, igualado por Cristal en el ’97 y por Cienciano cuando ganó la copa sudamericana en el 2003).
El partido va cero a cero y la U maneja las acciones. La mejor contratación del año, el Ñol Solano, como le dicen los comentaristas argentinos, a los que odio porque en sus corazones albergan la esperanza de que la U pierda ante San Luis porque horas antes San Lorenzo cayó ante el líder Libertad y con ese resultado peligra la clasificación del equipo gaucho (FOX posee por la eternidad los derechos televisivos de la copa y siempre favorecen a sus compatriotas con sus comentarios).
Recuerdo con dolor las veces que de niño veía los clásicos que por alguna extraña razón terminábamos perdiendo. El trágico 6-3 en matute jamás lo olvidaré, fue la primera vez que derramé lágrimas de dolor. Mi madre asustada, cuando el partido iba 6-2 y la U descontó 6-3 me dijo: ‘mira hijo, no llores, la U ya metió un gol…’. Es verdad, aunque no significa nada, que Alianza, nuestro eterno rival, nos lleva varios clásicos encima, pero también es verdad, que la U gana los clásicos más importantes, esos donde el equipo viene mal y necesita un triunfo revitalizador o esos en los que se disputa un titulo o una clasificación a un torneo internacional, ahí, en esos partidos, donde el estadio revienta, donde el aliento de la mitad del Perú más uno termina por intimidar a cualquiera, es cuando la U logra sus más grandes hazañas, sus más impecables resultados.
Gol de San Luis, un ataque aéreo termina por vencer a Raúl Fernández. Falta mucho para el final del primer tiempo, el equipo está jugando bien, aunque no me gusta que Reynoso, el técnico de la U, sólo haya puesto un volante de marca, Torres, y deje jugar a Calheira que no lo viene haciendo bien porque no es necesario jugar con dos delanteros si perdemos tan rápido el balón en la mitad de la cancha.
El tricampeonato de la U fue la época más feliz de mi vida. Eran los años 1998, 1999 y 2000, estaba en el colegio y era un niño que solo esperaba los fines de semana para jugar al fútbol con mi amigos y hablar de los goles que veíamos por la televisión. Era la época de Oswaldo Piaza, un peladito que llegó como técnico de la U y nos sacó campeón promoviendo varios jóvenes de las canteras (polvorita Carrión, el pompo Cordero, Manuel ‘La Muñeca’ Barreto, entre otros). El campeonato del ’98 lo recuerdo con más cariño, porque fue una definición por Play Off con Cristal. Fui al estadio con mi papá, al partido de ida en el estadio nacional de Lima, el coloso estaba lleno, Cristal no tiene una gran hinchada, por eso el recinto era crema. Ese partido la U lo perdió 2-1. En la vuelta ganamos 2-1 y eso forzó los penales, los tiros de doce pasos, donde sólo los hombres se paran frente al balón y definen con la categoría de un crema. Así fue, la U ganó por la tanda de penales, Eduardo Esidio anotó el quinto penal que nos dio el campeonato, todo fue un loquerío, los fotógrafos rodaban en el pavimento, los jugadores se abrazaban y gritaban, se subían a los arcos, los hinchas se bajaron a la cancha, no quedó ningún celeste vivo. Oswaldo Piaza esperó el gol y salió raudo del estadio, eran días de fin de año, la familia lo esperaba en Buenos Aires.
Gol de Alva, 1-1, centro de Ñol, doble cabezazo en el área (según el tomo dos del libro: dos cabezazos en el área siempre es gol). Todo comienza de nuevo.
Otro pasaje importante en la gloriosa vida de la U fue la vuelta de Chemo. El símbolo crema (antes que se fuera al Cristal) regresó al equipo de sus amores después de muchos años de haber jugado en Europa. En el 2002 sacó a la U campeón, junto a Ángel Cappa como DT y Martín Villalonga como centro delantero. Esa final la disputamos contra Alianza en el estadio Monumental de Ate. Ganamos 1-0 con gol de Villalonga. En el partido de vuelta, los aliancistas cambiaron su fortín por problemas extra deportivos y se fueron como locales al interior del país. Fue empate y con el triunfo en casa nos bastó para llevarnos el titulo.
Gol de San Luis, ¡qué agonía! Sólo faltan 15’ para el final del partido. El drama del fútbol peruano: ‘la pelota parada’, dicen algunos, en realidad, el drama del fútbol diría yo, porque nosotros también convertimos de pelota parada y casi todos los goles de la U son por esa vía. Lo real es que estamos abajo en el marcador, no es justo, la U no merece esta derrota humillante fuera de casa.
Yo seria hincha de la U una y mil veces más. Si volviera a nacer, volvería a ser hincha de la U, eso no se negocia, ese sentimiento no se vende ni se cambia. No existe motivo o razón que me haga alejarme del fútbol. Me animo a decir, con cierta precaución, que ni las mujeres son capaces de quitarnos la palabra fútbol de la mente. Este deporte es la más grande creación del hombre.
Minuto 45’ del segundo tiempo, parece todo perdido. Entra Labarthe a la cancha. Piero Alva corre por el sector izquierdo, imparable, con esa decisión y torpeza que lo caracteriza, guiado por su espíritu y por una pizca de razón. Lucha hasta el final, eso nadie se lo quita a Piero, lanza el centro que Calheira no llega a conectar del todo, pero causa la distracción de la defensa mexicana. El chico que acaba de ingresar, Labarthe, se queda con el balón en el sector derecho del área chica, solo, incomodo para lanzar el puntillazo final, los defensas corren desesperados, el arquero vuela tratando de evitar que el delantero peruano defina, el instante se hace eterno en el área mexicana, la mitad más uno del país espera que este guerrero dispare al arco. Así lo hace. Aniquila de un zapatazo a toda la defensa que busca pararlo y los mete con todo y balón al fondo del arco. Es el 2-2. Matamos en el último minuto, nos vengamos de las miles de veces que nos lapidaron así. Hemos empatado en una plaza difícil y estamos a un paso de la clasificación. Gracias a los ingleses que inventaron el fútbol, gracias a la U por existir y porque hoy, como en todos los años de mi vida, soy más crema que nunca. Señores, ‘Fútbol’ se escribe con U, no lo olviden.
domingo, 5 de julio de 2009
Mi Hermana Sara
Cuando era niño me preguntaba quien era la visitante que dormía en los brazos de mi madre. Esa nueva personita que dormía en esos brazos que sólo me pertenecían a mi, esos brazos que me habían arrullado y me habían dado (y me siguen dando) cariño y amor. Ese pequeño bulto con patas, parecido a una ratita de laboratorio, con cabellos lacios, mejillas coloradas y manitas inquietas era mi hermana Sara.
Yo tenía casi tres años cuando Sara nació. Nadie me explicó que mi trono seria usurpado por un ser diminuto que con el tiempo se convertiría en una bella mujer de veintiún años, con galanes por doquier y una vida independiente que yo admiro y valoro.
Recuerdo que mi estado de ánimo cambió a mis escasos tres años. Me sentía abandonado, olvidado por la mujer que me entregaba todo su amor y que ahora me desplazó por darle a esta nueva inquilina toda la atención que antes era para mí.
Paso el tiempo y Sara dejó de ser una usurpadora y se convirtió en una compañía para mis días solitarios de niño triste. Aquellos días en los que mi única compañía era mis muñequitos de plástico: vaqueros, indios, caballos y coches que vivían regados en el suelo, divirtiéndome la existencia y dejando que mi imaginación tuviera la última palabra.
Sara no hablaba pero su sola presencia y movimiento me hacia querer menos a esos plásticos tiesos, sin vida y preguntarme, inocente y cándido, por qué ella sólo movía sus manos y balbuceaba cosas que no entendía y nunca se dirigía a mi, sino, sólo a mamá. Que raros esos bultos pequeños, pensaba.
Sara fue creciendo y con su tamaño y belleza llegaron sus primeras palabras. Ya nos podíamos entender mejor. No puedo asegurar que conversábamos, pero digamos que intercambiábamos monosílabos, gritos, gestos y llantos. Yo comencé a ir al jardín de niños y sospecho que esas mañanas ella me extrañaba. Por las tardes nos montábamos sobre ese coche amarillo que papá nos había regalado en navidad. Sara se burlaba de mis disfraces de zorro, superman y hombre araña con una sonrisa desdentada y angelical. Cuando Sara aprendió a caminar era muy divertido empujarla un poco para que perdiera el poco equilibrio que tenia. Mi malicia de niño triste me permitía regocijarme cuando la veía caer de poto con su carita de: ¿qué paso?
Los días y las noches con esta personita que invadió mi vida sin que yo lo pidiese fueron llenándose de risas y momentos felices. Éramos una familia completa (con el perdón de mi última hermana Marice que también es un amor).
Sara y yo íbamos a todos lados juntos, ella en los brazos de mamá y yo corriendo detrás, entendiendo que con forme iba creciendo también iba perdiendo algunas comodidades.
Debo reconocer que Sara se convirtió en la sensación de la familia. Era muy linda, irradiaba una dulzura que jamás llegué a tener ni en mis primeros días como humano, una belleza apacible, tierna, delicada, capaz de derretir cualquier corazón, metiéndose al bolsillo a cualquier persona que la conociera.
Fuimos creciendo más y más, sin sentir sobre nosotros el peso de los años. Fuimos al mismo colegio, no al mismo grado, pero siempre regresábamos juntos a casa, comiendo canchita o papita rellena de veinte centavos, a veces con mamá, a veces con Aurora (nuestra otra mamá) y otras, como fue casi siempre, sólo ella y yo.
Regresando a casa tuvimos miles de aventuras, desde las peripecias para llegar a nuestro destino, los chicos malos que nos quitaban nuestra canchita o nuestro dinero, sin que yo pudiera defenderla; la vez que me robaron el primer reloj que papá me regaló y que intenté recuperar pero que fue inútil porque era un niño débil y tonto y esos chicos malos me dieron unas cuantas bofetadas mientras Sara, viéndome tirado en el suelo, me estiró su manito diciendo: mejor vamos a casa.
Nunca fui un niño muy comunicativo, por eso nuestras caminatas eran en silencio. Algunas veces ella hacia alguna gracia que me obligaba a reír. Otras veces regresábamos a casa en compañía de ‘el gringo’, ese amigo que saludaba a los policías y que su educación me divertía, porque en mi seriedad de niño triste no entendía la necesidad de saludar a todo el mundo.
Esos años vienen a mi memoria acompañados de algunas lágrimas y otras sonrisas inevitables. Fueron esos tiempos en los que fui un niño triste feliz, porque sólo tenia a Sara a mi lado, esa compañera infatigable que caminaba conmigo todos los días de regreso a casa, esa amiguita que en un principio me robó mi sitial de privilegio en la familia pero que terminó colmando mi existencia de preguntas y me enseñó que la vida tiene altas y bajas y que esas épocas fueron de las altas, y aunque años después, cuando fuimos adolescentes, caímos enfrentados en riñas y peleas tontas que no voy a recordar porque también me harían llorar, pero de pena.
Me quedaré siempre con la imagen de esos dos niños regresando a casa después del colegio, en esos días en los que el pasaje escolar costaba veinte centavos y nosotros preferíamos caminar para poder comprarnos algo que guste a nuestro paladar. Me quedo con esa complicidad de hermanos, con ese cariño puro de la infancia, cuando todo parecía más lento y el mundo nos inspiraba un miedo enorme. Esos niños ya no están más, murieron con el paso de los años y se convirtieron en adultos que ya no viven más juntos, que la vida se encargó de separar tan arbitrariamente como alguna vez los juntó.
Después de muchas turbulencias aprendimos que la mejor manera de amarnos como hermanos era bajo las licencias de la distancia. Ella se fue a vivir su vida, lo que le tocaba vivir, yo me quedé un poco más atrás, esperando a la vida, esperando que ella hiciera su voluntad conmigo. Sara se fue de la casa antes de los veinte, hizo su empresa y vive como mejor se siente y eso me hace feliz, saber que tal vez ya no compartimos el cochecito amarillo de nuestros primeros años pero que al verla una vez por mes, radiante, bella, madura e independiente me hace confiar en la premisa de que no nacimos para vivir juntos por mucho tiempo, porque ella es fuego y yo agua, y es en la distancia donde nos amamos más, donde hemos encontrado ese equilibrio que perdimos entre la adolescencia y la juventud.
-Feliz cumpleaños gordita. ¿Cuántos marzos son? Ya estás enorme –digo.
-Gracias hermano. ¡Te pasaste! Eres el primero en saludarme. Si ya estoy grandota. Nos vemos más tarde. Un abrazo, te quiero mucho –responde.
-Siempre fuimos los primeros en saludarnos. ¿Recuerdas? –digo.
-Si, tienes razón hermanito, siempre fue así. De verdad muchas gracias, me emocionas y sabes que soy una llorona –responde.
-Lo sé, te quiero mucho gordita –digo.
-Yo también boti –responde.
Era la media noche del 24 de marzo, yo estaba en mi habitación escribiendo estas líneas y ella estaba al otro lado de Lima, sola, en su departamento.
Yo tenía casi tres años cuando Sara nació. Nadie me explicó que mi trono seria usurpado por un ser diminuto que con el tiempo se convertiría en una bella mujer de veintiún años, con galanes por doquier y una vida independiente que yo admiro y valoro.
Recuerdo que mi estado de ánimo cambió a mis escasos tres años. Me sentía abandonado, olvidado por la mujer que me entregaba todo su amor y que ahora me desplazó por darle a esta nueva inquilina toda la atención que antes era para mí.
Paso el tiempo y Sara dejó de ser una usurpadora y se convirtió en una compañía para mis días solitarios de niño triste. Aquellos días en los que mi única compañía era mis muñequitos de plástico: vaqueros, indios, caballos y coches que vivían regados en el suelo, divirtiéndome la existencia y dejando que mi imaginación tuviera la última palabra.
Sara no hablaba pero su sola presencia y movimiento me hacia querer menos a esos plásticos tiesos, sin vida y preguntarme, inocente y cándido, por qué ella sólo movía sus manos y balbuceaba cosas que no entendía y nunca se dirigía a mi, sino, sólo a mamá. Que raros esos bultos pequeños, pensaba.
Sara fue creciendo y con su tamaño y belleza llegaron sus primeras palabras. Ya nos podíamos entender mejor. No puedo asegurar que conversábamos, pero digamos que intercambiábamos monosílabos, gritos, gestos y llantos. Yo comencé a ir al jardín de niños y sospecho que esas mañanas ella me extrañaba. Por las tardes nos montábamos sobre ese coche amarillo que papá nos había regalado en navidad. Sara se burlaba de mis disfraces de zorro, superman y hombre araña con una sonrisa desdentada y angelical. Cuando Sara aprendió a caminar era muy divertido empujarla un poco para que perdiera el poco equilibrio que tenia. Mi malicia de niño triste me permitía regocijarme cuando la veía caer de poto con su carita de: ¿qué paso?
Los días y las noches con esta personita que invadió mi vida sin que yo lo pidiese fueron llenándose de risas y momentos felices. Éramos una familia completa (con el perdón de mi última hermana Marice que también es un amor).
Sara y yo íbamos a todos lados juntos, ella en los brazos de mamá y yo corriendo detrás, entendiendo que con forme iba creciendo también iba perdiendo algunas comodidades.
Debo reconocer que Sara se convirtió en la sensación de la familia. Era muy linda, irradiaba una dulzura que jamás llegué a tener ni en mis primeros días como humano, una belleza apacible, tierna, delicada, capaz de derretir cualquier corazón, metiéndose al bolsillo a cualquier persona que la conociera.
Fuimos creciendo más y más, sin sentir sobre nosotros el peso de los años. Fuimos al mismo colegio, no al mismo grado, pero siempre regresábamos juntos a casa, comiendo canchita o papita rellena de veinte centavos, a veces con mamá, a veces con Aurora (nuestra otra mamá) y otras, como fue casi siempre, sólo ella y yo.
Regresando a casa tuvimos miles de aventuras, desde las peripecias para llegar a nuestro destino, los chicos malos que nos quitaban nuestra canchita o nuestro dinero, sin que yo pudiera defenderla; la vez que me robaron el primer reloj que papá me regaló y que intenté recuperar pero que fue inútil porque era un niño débil y tonto y esos chicos malos me dieron unas cuantas bofetadas mientras Sara, viéndome tirado en el suelo, me estiró su manito diciendo: mejor vamos a casa.
Nunca fui un niño muy comunicativo, por eso nuestras caminatas eran en silencio. Algunas veces ella hacia alguna gracia que me obligaba a reír. Otras veces regresábamos a casa en compañía de ‘el gringo’, ese amigo que saludaba a los policías y que su educación me divertía, porque en mi seriedad de niño triste no entendía la necesidad de saludar a todo el mundo.
Esos años vienen a mi memoria acompañados de algunas lágrimas y otras sonrisas inevitables. Fueron esos tiempos en los que fui un niño triste feliz, porque sólo tenia a Sara a mi lado, esa compañera infatigable que caminaba conmigo todos los días de regreso a casa, esa amiguita que en un principio me robó mi sitial de privilegio en la familia pero que terminó colmando mi existencia de preguntas y me enseñó que la vida tiene altas y bajas y que esas épocas fueron de las altas, y aunque años después, cuando fuimos adolescentes, caímos enfrentados en riñas y peleas tontas que no voy a recordar porque también me harían llorar, pero de pena.
Me quedaré siempre con la imagen de esos dos niños regresando a casa después del colegio, en esos días en los que el pasaje escolar costaba veinte centavos y nosotros preferíamos caminar para poder comprarnos algo que guste a nuestro paladar. Me quedo con esa complicidad de hermanos, con ese cariño puro de la infancia, cuando todo parecía más lento y el mundo nos inspiraba un miedo enorme. Esos niños ya no están más, murieron con el paso de los años y se convirtieron en adultos que ya no viven más juntos, que la vida se encargó de separar tan arbitrariamente como alguna vez los juntó.
Después de muchas turbulencias aprendimos que la mejor manera de amarnos como hermanos era bajo las licencias de la distancia. Ella se fue a vivir su vida, lo que le tocaba vivir, yo me quedé un poco más atrás, esperando a la vida, esperando que ella hiciera su voluntad conmigo. Sara se fue de la casa antes de los veinte, hizo su empresa y vive como mejor se siente y eso me hace feliz, saber que tal vez ya no compartimos el cochecito amarillo de nuestros primeros años pero que al verla una vez por mes, radiante, bella, madura e independiente me hace confiar en la premisa de que no nacimos para vivir juntos por mucho tiempo, porque ella es fuego y yo agua, y es en la distancia donde nos amamos más, donde hemos encontrado ese equilibrio que perdimos entre la adolescencia y la juventud.
-Feliz cumpleaños gordita. ¿Cuántos marzos son? Ya estás enorme –digo.
-Gracias hermano. ¡Te pasaste! Eres el primero en saludarme. Si ya estoy grandota. Nos vemos más tarde. Un abrazo, te quiero mucho –responde.
-Siempre fuimos los primeros en saludarnos. ¿Recuerdas? –digo.
-Si, tienes razón hermanito, siempre fue así. De verdad muchas gracias, me emocionas y sabes que soy una llorona –responde.
-Lo sé, te quiero mucho gordita –digo.
-Yo también boti –responde.
Era la media noche del 24 de marzo, yo estaba en mi habitación escribiendo estas líneas y ella estaba al otro lado de Lima, sola, en su departamento.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)