martes, 19 de agosto de 2008

San Marcos

San Marcos, más que una universidad, es una agencia de banco. Cuando mis padres me demandaron por vagancia y descuido, me vi obligado a buscar un trabajo, y, por cosas inexplicables de la vida, terminé trabajando en esta agencia, San Marcos. Comencé como promotor de servicio, más comúnmente conocido como cajero de ventanilla. Al comienzo era muy divertido, algo nuevo que quería dominar, me sentía un experto del dinero y, por primera vez, entendía algunas operaciones que mi papá hacia en alguna ventanilla de algún banco.
Los meses fueron pasando y por cosas inexplicables de la vida, ascendí a promotor principal. Sin llegar a ser el eximio cajero de aquel banco, de un momento a otro, salí de caja y me mandaron a confirmar cartas, programar bóveda, firmar cheques, papeles y formatos que no sé bien donde terminaban. Era un puesto aún más nuevo que el anterior y me costó mucho asumir esta nueva responsabilidad.
Los primeros días como promotor principal fueron un caos. Mis jefas me miraban con incredulidad al ver que ellas habían sido las culpables de haberme dado ese puesto dentro de la agencia. Mis compañeros de trabajo y amigos, me miraban con pena y tristeza al ver que no atinaba una sola cosa. Era un blooper total. Lo único que faltaba era que me cayera caminando o mi cabeza tropezara con el techo. Mi orgullo estaba por los suelos, mi dignidad y prestigio se había ido por el inodoro y las pocas fuerzas que me quedaban se diluían en los correteos por evitar que la bóveda se pase.
Para las personas de afuera, ver el puesto de supervisor tiene solo el glamour del prestigio o la rimbombancia del nombre. Asumir el puesto y ocuparte de la infinidad de cosas que cada día quedan pendientes dentro de esta agencia es una tarea heroica y sumamente estresante.
¡Renuncio! Era la palabra que casi todos los días pugnaba por salir de mi boca. Mis jefas todos los días recaían en la frustración de contar conmigo y ver que no podía asumir el puesto. Seguramente no podían reprochar mi entrega y esfuerzo, pero sí mi lentitud, mi falta de criterio y mi desorden.
Pasaron los días y mis jefas, resignadas, decidieron que era un buen momento para abandonar todo y dejar que me hundiera solo, mismo Titanic, en las profundidades de los reclamos de clientes siempre insatisfechos, correos inquisidores que solo preguntan ¿Por qué?, inoportunas auditorias gerenciales y promotores sindicalistas y golpistas.
Un día antes de la jornada de distracción y goce que mis lindas jefas se procurarían regalar, y sin mayores preámbulos, me dieron las instrucciones necesarias para asumir con insospechado éxito un día a cargo de la agencia. La posibilidad de que esas instrucciones y sugerencias dadas por mis jefas, se convirtieran en tareas incumplidas y reclamos justificados, era casi un hecho. Fue tan así, que no se esmeraron mucho en sus indicaciones y procuraron tan solo por un día olvidarse del trabajo y sobretodo de mí. Lo bueno fue que no me dejaron solo, sino junto a mi amiga, colega y camarada Soplin, la única de los dos que sabe hacer bien las cosas.
Yo soy el brazo izquierdo de Soplin, pero sin embargo el día que asumimos el cargo de la agencia, ella fue con el uniforme acostumbrado y yo, por el contrario, lucí la única camisa raída de siempre y la corbata conocida que me acompaña desde mis frustradas entrevistas de trabajo. Programamos bóveda, procurando que no se me pase. Soplin conversó con las chicas del turno mañana y con las señoras de plataforma. Yo solo escuchaba las directivas que daba. No tenia autoridad moral para agregar algo más, solo admiraba la seriedad de Soplin y miraba mi reloj calculando los minutos para abrir la agencia. Abrimos los correos de las jefas, recordamos en algo las instrucciones y comenzamos a plasmarlas en la realidad. Todo comenzaba más tranquilo de lo acostumbrado. El público no se daba cita en la agencia a pesar de que siempre el salón de espera está repleto de parroquianos. Es increíble pensar de dónde sale tanta gente a pesar que todas las calles están destruidas, gracias a la afiebrada manía de un alcalde por romper pistas y construir puentes. Los alrededores de la agencia San Marcos es un polvorín. Pierdo el tiempo esmerándome en dejar mis zapatos relucientes, si a penas bajo del bus, una capa de arena y barro acarician mi calzado de cuero trujillano.
Soplin organiza todo y yo la sigo fielmente. Hago caso a cada acotación que me da y trato de no equivocarme. Ambos sabemos que es nuestra prueba de fuego. La oportunidad de demostrarle a Alberto, nuestro gerente, que no somos un par de incompetentes que solo hacen mal su trabajo, sobretodo yo. Rebajamos los libros, mandamos las transferencias al exterior, mandamos por correo las letras pendientes, confirmamos las cartas en tiempo record, programamos bóveda sin dejar que se nos pase, atendemos los reclamos, contestamos las llamadas, ponemos los vistos buenos, respondemos los correos, confirmamos más cartas, ordenamos los archivos, hacemos el movimiento del día anterior, firmamos los cargos, volvemos a programar bóveda, recogemos los cheques, y vuelve otra vez.
Los chicos de ambos turnos nos ayudaron mucho. Las chicas del turno mañana, con su rapidez y experiencia nos hicieron más sencillo el trabajo de supervisión, aunque, son algo intolerantes y reclamonas, hicieron un gran trabajo. Los chicos del turno tarde también pusieron muchas ganas en sacar las cosas adelante. Soplin habló con ellos, y respondieron bien, aunque, lentos y algo disipados para el trabajo, dieron lo mejor y gracias a su entrega pudimos lograr lo impensado. Cuando el último de los clientes salió a las 6 y 45 de la tarde de nuestra oficina, nos planteamos el reto de irnos a las 7 y 30 de la noche. Este reto significo para nosotros, rebelarnos contra nuestras constantes salidas a las 10 de la noche. Fue decir NO a las horas extras sin pago adicional. NO al tiempo muerto encerrado en una agencia lejos de casa, de los amigos o de algún lugar más acogedor. Ese día nos propusimos rebelarnos contra la mediocridad.
Todos pusimos de nuestra parte. Las chicas de la mañana nos dejaron todos sus papeles cuadrados, así que solo faltaba cuadrar los papeles de la tarde. Soplin se encargó de la bóveda y de todo el efectivo. Los chicos del turno tarde la ayudaron a realizar los detalles de los paquetes de efectivo y las cajas con todos los picos de cada una de las ventanillas. Las señoras de plataforma cuadraron sus valorados y nos dieron el acta firmada y sacramentada. Hice la valija, con toda la documentación y la puse en la caja buzón, que es el lugar de donde la recogen para llevarla a la oficina principal, en jirón Lampa. Todo caminaba de maravilla y ningún error asechaba el final de fiesta.
Cuando Alberto, el gerente, bajó para apoyarnos con el cuadre final, con mucho orgullo pudimos decir que todo estaba hecho. Soplin y yo nos dimos un abrazo y los chicos saltaban de alegría al ver el reto cumplido. Nos tomamos fotos, hasta con el reloj, fiel testigo de nuestro triunfo. Eran las 7 y 30 y estábamos a punto de salir de la agencia. Era reparadora la brisa que se podía sentir a esa hora, fuera de la agencia. Alberto no tuvo otra salida más que felicitarnos a todos por nuestro gran trabajo y reconocer que no lo hicimos nada mal.
Sin embargo, cabe resaltar que mi labor fue meramente decorativa. La única persona que se puso la agencia sobre sus hombros fue Soplin. Al final del día, descubrí, que entre los dos había un solo supervisor, y ese era la que tenía el uniforme puesto. Gracias a Soplin y a los chicos, ese día obtuvimos nuestra primera gran victoria. Pues bien, la guerra no terminaba, ya que al día siguiente, al regreso de las jefas, nos preguntaron por algunas cosas incumplidas o mal hechas. Soplin y yo nos miramos, resignados al ver que aún teníamos fallas que corregir, pero con la alegría de saber que el día anterior, ella fue mi gran heroína y yo su fiel teniente.

Para todos los chicos de la agencia San Marcos, gracias por el apoyo y el cariño. Los quiero mucho.

miércoles, 2 de julio de 2008

La canción portada

Los años cincuenta fueron muy importantes para Latinoamérica. Eran años en los que Estados Unidos buscaba tener mayor injerencia política en los países latinos, a desmedro de la unión Soviética. Nuevas, y no modernas, formas de pensamiento buscaban su espacio en América. Países como Nicaragua, Cuba y posteriormente otros, intentaban desligarse de un sistema capitalista que empobrece al más débil y enriquece aún más al poderoso. La revolución fue una de las formas de quitarse el yugo en Latinoamérica. Mientras Estados Unidos y la unión Soviética perdían su tiempo con la guerra fría, en América surgían nuevas formas de trascender al hombre y por ende a la sociedad misma. Nueva música, nueva literatura, nueva identidad, fue lo que dejaron los años posteriores a la mitad del siglo veinte. Personajes como Miguel Ángel Asturias (Guatemala), Alejo Carpentier (Cuba), Jorge Luís Borges (Argentina), Gabriel García Márquez (Colombia), Mario Vargas Llosa (Perú), Julio Cortazar (Bélgica, pero reconocido como argentino) formaron, en literatura, el movimiento Boom Latinoamericano, que estableció una identidad latina, frente a las imponentes corrientes europeas. También Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Vicente Feliú, Sara González y el gran Pablo Milanes, entre otros, contribuyeron con su música a la revolución de las mentes y de las ideas, algo que va más allá de las guerras.
El gran Pablo Milanes nació en la ciudad de Bayamo, Cuba. Es uno de los más grandes exponentes de la música latinoamericana. Su vida esta plagada de arte, en particular, de música. Tiene una decena de discos en su hoja de vida y miles de historias fascinantes como la que narraré a continuación.
Pablo es un hombre que le escribe al amor y a la revolución, porque el amor es una forma de rebelarse contra algo, una manera de cambiar el mundo. Pablo habla de amor en cada una de sus canciones y esta es una de tantas historias de amor.

Cuando una compañía de música peruana viajó a Cuba, invitados por Fidel Castro, algunos años después de la victoria de la revolución y de la toma del poder por parte de la guerrilla cubana, liderada por el mismo Fidel, contra el gobierno de Fulgencio Batista, una mujer llamada Yolanda Cortés inspiró esta novela mágica de la que aún sigo sorprendido. Yolanda era una mujer bellísima, a la que le gustaba bailar y cantar. Era toda una actriz y su bohemia la había llevado al país más convulsionado de América, después de la presión por parte de los Estados Unidos por recuperar el espacio geopolítico que representa Cuba. Yolanda jamás había salido del Perú, pero era una mujer aventurera. No sabía mucho de la problemática en la isla, pero era una mujer que entendía que el mundo no caminaba derecho, sino, cojeaba de un pie. No comprendía muy bien que era el capitalismo, pero veía en las calles personas más necesitadas que ella misma y se preguntaba por qué. Seguramente Yolanda no hablaba de política ni conocía a políticos, pero sentía que la música y el arte en general eran una forma de trascender en el hombre y por ende evitar que esa casta dirigencial se siga reproduciendo. No sabia de movimientos políticos, ni de izquierdas ni de derechas, ni de comunismo ni capitalismo, ni de conservadores ni liberales, solo hablaba el idioma del arte y de la conciencia humana.
En su estadía en Cuba aprendió mucho de música trova. Era la época, comienzos de los años setenta, en que la nueva música estaba surgiendo con mucha fuerza en la isla y en toda América. Yolanda participó en varias presentaciones musicales y estuvo involucrada con muchos cantautores cubanos, de los cuales aprendió una manera diferente de ver la realidad.
Pablo Milanes, cantautor cubano, que comenzaba a hacerse notar en las esferas de la música trova conoció a Yolanda en una presentación en el teatro municipal de la Habana, al cual siempre acudía no solo él, sino, hasta el mismo Fidel Castro.
Yolanda y Pablo se hicieron muy amigos y hasta compartieron escenario. Pablo vio en Yolanda a una mujer inteligente y muy sensible para el arte y la música en particular. Las sesiones en el teatro municipal eran maravillosas, llenas de música y aplausos. La historia cultural en Cuba estaba siendo escrita por esta nueva generación de artistas adelantados que pretendían ir más allá de lo permitido.
Pablo deseaba lanzar un nuevo disco y siempre conversaba con Yolanda, a la salida del teatro, sobre cómo titular la canción portada. Esas sesiones eran largas y reparadoras. Yolanda y Pablo tenían una química especial, algo que no se encuentra a la vuelta de la esquina. Sentados sobre las butacas de la última fila del teatro municipal, con el telón caído y las luces tenues, eran largas las horas de tertulia, buscando el título a la canción portada del disco de Pablo y sobre cualquier otro tema que involucrara a la feliz pareja. No eran novios, ni amantes siquiera, eran amigos y se amaban así. Pablo sabía en el fondo, que no había escrito la canción portada de su nuevo disco y por eso le decía a Yolanda que era inútil la búsqueda del titulo de la canción porque no existía tal canción. En todas las historias de amor, por más variantes que el amor tenga, siempre termina siendo amor. Amor entre familia, amor entre pareja, amor entre amigos, amor entre amantes, siempre amor. Como en todas las historias de amor, siempre hay una noche diferente, una de esas donde la inspiración esta al tope. Una de aquellas noches en las que involuntariamente, y sin más talento que el de saber escribir, las palabras caen sobre un papel arrugado y plasman como obra de magia, una canción o un poema o una historia única y maravillosa. Yolanda y Pablo, mientras conversaban y se divertían recordando las funciones interminables sobre las tablas del teatro municipal, comenzaban a sentir la presencia de ese papel arrugado, plasmado de la canción maravillosa que solo una vez en la historia alguien tiene la oportunidad de escribir. Pablo se quedó callado, mirando fijamente a Yolanda, que siempre bella, congeló su sonrisa para dejarse llevar por la inspiración. No sabían que estaba pasando entre ellos, pero Pablo solamente escribía sobre ese papel arrugado las líneas que decían que esto no podía ser no más que una canción, sino que fuera una declaración de amor, romántica, sin reparar en formas tales, que ponga freno a lo que sentía a raudales. Lo bello del arte es que existe por si solo, y no necesita del hombre.
Yolanda viajó a Estados Unidos después de unos meses por motivos económicos, los cuales son siempre los principales enemigos del arte. Dejó la compañía de música y decidió buscar un puesto dentro de ese sistema capitalista que termina absorbiendo a todos. Pablo comenzó a realizar giras por toda América, llevando su música e invitando a muchos a conocer el amor por medio de sus canciones. En 1982 lanzó el disco ‘Yo me quedo’, el mismo que le prometió a Yolanda terminar después de su partida. La canción portada del disco se llamó ‘Yolanda’, y si mal no recuerdo, esta historia termina así:

Yolanda
(Pablo Milanés)
Esto no puede ser no más que una canción;quisiera fuera una declaración de amor,romántica, sin reparar en formas talesque pongan freno a lo que siento ahora a raudales.Te amo,te amo,eternamente, te amo.Si me faltaras, no voy a morirme;si he de morir, quiero que sea contigo.Mi soledad se siente acompañada,por eso a veces sé que necesitotu mano,tu mano,eternamente, tu mano.Cuando te vi sabía que era ciertoeste temor de hallarme descubierto.Tú me desnudas con siete razones,me abres el pecho siempre que me colmasde amores,de amores,eternamente, de amores.Si alguna vez me siento derrotado,renuncio a ver el sol cada mañana;rezando el credo que me has enseñado,miro tu cara y digo en la ventana:Yolanda,Yolanda,eternamente, Yolanda.

lunes, 30 de junio de 2008

Neruda, yo también confieso que he vivido

Cuando era pequeño, siempre soñaba con tener un amor ideal, un gran amor. Siempre estuve enamorado, de una u otra mujer, de una compañera de la escuela, de mi profesora de ingles, de mi vecina o de alguna prima que de vez en cuando solía frecuentar mi casa por temporadas largas de verano. Conversando con un amigo, descubrí que el amor tiene la maravillosa habilidad de confundir la ficción con la realidad. Una genuina historia de amor, puede tener matices de ficción y ser una novela real, o, tener matices de realidad y ser una completa ficción.
La persona que haya conversado alguna vez conmigo, conoce mi postura sobre el amor (el amor entre hombre y mujer, el amor sexual) y lo que creo de él: un truco astuto para lograr que la tierra se poblara y conservar la especie. Pero el romanticismo es algo que conmueve y, escuchar la historia más sincera y espontánea de los labios de un amigo me dieron el aliento para escribirla en estas líneas. Quiero dejar en claro que mi personaje de Sergio Morelli desaparece de escena y deja en su lugar a Palao, un chico brasileño, amante de los deportes solitarios y de los libros de Coelho. Ésta es una verdadera historia de amor, no tengo nada más que decir.
Palao es un chico diferente, porque a pesar de ser brasileño, no le gusta el fútbol. Silvia es una mujer de selva, brasileña, vive en Acre, una provincia en la frontera con Perú. Ellos se conocieron en la universidad Católica de Río. Eran muy amigos, gracias a Susana, una ex novia de Palao.
Susana y Palao tuvieron un año y medio juntos. Eran muy felices hasta que ella viajo a Sao Paulo por motivos familiares. Ante el dolor de Palao por la partida de Susana, Silvia, fue el cayado que necesitaba para salir de ese vacío inmenso llamado soledad.
Al poco tiempo de la partida de Susana, Palao y Silvia fortalecieron su lazo de amistad. Salían al cine, iban a la universidad juntos y almorzaban en la misma cafetería todos los días. Palao siempre la acompañaba a casa y se hacían interminables las despedidas en el umbral de la puerta. También salían a bailar. Silvia era una eximia bailarina, y aunque Palao no lo hacia tan bien, ella adoraba el esfuerzo de su compañero de danza. Silvia también compartía la afición desmesurada que Palao sentía por los libros de Coelho y por la música trova. Pasaban horas hablando de las novelas que habían leído y compartían todos los libros mientras escuchaban la música de Silvio Rodríguez.
Cuando pasaron más de seis meses después de la partida de Susana, Palao sentía que comenzaba a enamorarse de Silvia. Silvia tenia más pudor por la reacción de su amiga Susana, pero no podía negar que sus sentimientos correspondían la fiebre que Palao sentía por ella.
Una noche de sábado, esas que nunca se olvidan, Silvia y Palao decidieron ir a bailar, como amigos, y pasar un fin de semana como los que habían venido pasando juntos. Silvia estaba hermosa, tenia una silueta espectacular y una luz diferente, un aura especial, un encanto donado por algún Ada madrina, el mismo que le concedió a cenicienta el día del baile con su príncipe azul. Palao, tan común y corriente como siempre, encantador por naturaleza, quedó sometido por los atributos de su compañera de baile y no paró de sonreír toda la noche. Fue una noche mágica. Bailaron. La discoteca estaba atiborrada de gente, pero ellos no sentían la presencia de nadie más. Palao sentía entre sus manos la cintura delgada de Silvia. Silvia sentía en su olfato el perfume perfecto de Palao. Ambos estaban extasiados a más no poder. Esa noche sería la más maravillosa de sus vidas.
Una nueva semana comenzaba y una nueva pareja salía a la luz. Los amigos en común de Silvia y Palao estaban separados por un tema evidente: la amistad cercana con Susana. Palao y Silvia sabían de la reacción del mundo, pero lo de ambos era tan fuerte que podía lidiar con toda la mala voluntad del universo. Al poco tiempo la gente se cansó de hablar y ellos fueron consolidando su relación hasta convertirse en una pareja estable y ejemplar. Siempre estaban juntos, más tiempo que el que invertían cuando todavía eran amigos. No dejaban de salir un solo sábado, porque ese día tenía un sentido especial para ellos. Seguían comiendo en la misma cafetería, pero ahora entraban de la mano. Seguían yendo a la universidad en el mismo colectivo, pero ahora ella se apoyaba sobre su hombro mientras él dormía rendido con el aroma de su cabello. Las horas eran cada vez más interminables hablando de literatura y escuchando a Pablo Milanes. Los momentos de amor fueron muchos y los tiempos escasos. La felicidad entre Silvia y Palao creció, como crecieron las flores en los jardines de la universidad. Los besos bajo el umbral de la puerta de Silvia se perdian en suspiros frios y astillados de silencio. Las miradas del mundo fueron cada vez más inexistentes y la sonrisa de uno y del otro se fue convirtiendo en la única razón de existir. La gloria fue tocada por las manos de dos jóvenes amantes, confusos, entregados y soñadores, como lo eran Silvia y Palao. Tal vez el universo no confabulaba a su favor, por eso Coelho no tenía razón, porque confundió el mundo exterior con el universo del amor entre dos seres que lo viven día a día. Los padres de Silvia no daban nada por este amor juvenil insensato, torpe. Los amigos de la universidad juzgaban como seres perfectos ajenos al pecado y a las tentaciones del amor. El hombre suele ser muy ambicioso sobre lo que puede llegar a ser, y así lo entendían Silvia y Palao. Ellos seguían enamorándose más con la música de Pablo y dejaban el odio para los perfectos, para los que entienden todo. Palao y Silvia solo sabían hablar de amor, un idioma difícil de aprender.
Viajaron juntos por la selva de Brasil. Fugaron de sus casas más de una vez. Fueron contra el mundo que no los aceptaba. Durmieron bajo la luz de la luna muchas veces, porque el amor es valiente, corajudo. Los brazos de Palao eran el remanso de Silvia y los labios de ella sostenían la fuerza de él. Nunca pensaban en separarse, nunca imaginaban estar lejos, ambos eran algo así como el amor de mi vida.
Luego de unos meses, Silvia tuvo que regresar a Acre por problemas de salud de su padre, quien cayó enfermo. Palao no era bien recibido en casa de Silvia. Los padres nunca recuerdan el amor juvenil. Hasta hoy, luego de algunos años, Palao habla por teléfono con Silvia todos los sábados bordeando la media noche. Se besan a la distancia y recuerdan con amor su día sagrado, el día en que fueron felices, solo una vez en la vida, después de bailar, leer literatura y escuchar a Pablo Milanes.

Palao, gracias por recordarme que el amor real existe. La verdad lo extraño mucho. Un abrazo.